
Eva era una persona y tantas otras a la vez. Llevaba la vida de al menos tres personas, cuatro, contando con la suya propia. En ocasiones le resultaba divertido poder ser otras personas, vivir en otros sitios, hablar otros idiomas, tener distintos trabajos y aficiones. En definitiva, tener otras vidas además de la suya propia. Podía incluso cambiar de sexo. Sin embargo, también se trataba de una tarea ardua, tenía que ser constante en el mantenimiento de todas aquellas identidades, o de lo contrario morirían (ya había tenido ocasión de comprobarlo en una ocasión). Por supuesto, aún estaba en sus cabales, y la primera y única vida en atender era la suya, las demás eran secundarias, mero juego.
Al contrario de lo que la mayoría de la gente pudiera pensar, Eva no llevaba aquellas otras vidas porque no estuviera contenta con la suya, sino que directamente no le gustaba ninguna, no le encontraba sentido a ninguna. Llegado este punto, Eva pensó que entonces ¿Para qué tener otras vidas? Si no tiene sentido ni siquiera una de ellas, ¿Para qué mas? La respuesta era sencilla: No era más que un juego, un entretenimiento, jugar con su vida y con las de otras personas que sí creían en la veracidad de aquellas otras identidades. En este sentido Eva era muy cruel, aunque detestaba todas las ideas que tenía la sociedad, todas las consideraciones y moralismos ¿Quién decide lo que está bien y lo que está mal?¿Por qué se debe hacer lo que un colectivo considere correcto, y evitar hacer lo que considere incorrecto? Eva no creía en ninguno de estos dogmas sociales, nacidos en su mayor parte de los religiosos. Era una completa estupidez y pérdida de tiempo, y de vida, aunque no valiera nada realmente. Ella simplemente se limitaba a vivir como le parecía, haciendo siempre lo que quería. Por supuesto, dentro de unos ciertos límites mínimos que garantizaban asimismo su bienestar. Por ejemplo, se permitía a sí misma robar cuando lo desease, pero no en lugares minados de cámaras, que le asegurarían un juicio y alguna clase de “condena” (si bien la condena sería seguramente de risa, tal era el sistema judicial en su país). Su estilo de vida se basaba en transgredir todas las reglas sociales (y legales), manteniendo el conocimiento de lo que hacía, sabiendo que la sociedad no tendría buena opinión de sus acciones. No se trataba de saltarse a la torera todas las leyes habidas y por haber, ni causar mal a todo el mundo: simplemente eliminar de su camino todo aquello que considerase un obstáculo, o que simplemente le apeteciera hacer. Nunca hasta el momento se había planteado la posibilidad de matar a nadie, pero quizás lo hiciera si se diera la ocasión. No podría negar que jamás lo haría.
Si le apetecía comerse una manzana estando en una tienda, pero no llevaba dinero o, teniéndolo, no quería pagarla, simplemente la cogía y se la llevaba. ¿Qué diferencia había entre una margarita que crece en un arriate y una manzana que crecía de un árbol? Para Eva, ninguna. Si un día no quería ir al trabajo, se hacía la enferma y se quedaba en casa leyendo un libro o dos. Si Eva estaba en la calle y se le acercaba un perro a olisquearla, ella sin ningún reparo le daba una buena patada al animal de turno, sin escuchar las críticas de los demás transeúntes que reprobaban su acción. La vida es muy corta como para tener esa clase de estúpidas contemplaciones.
Cualquier cosa, Eva podía con cualquier cosa que le estorbara. Todo comenzó a partir de la relación amorosa con su mejor amiga. Eva volvió un día del trabajo y se encontró a su novia en plena acción con su amante (también chica), en su propia cama. Desde luego le sorprendió tan típica situación, hubiera esperado más originalidad de su compañera. Eva no tuvo ningún reparo en darles a las dos un buen tirón de pelos, y echarlas a patadas de su casa (aunque también se le pasó por la cabeza hacer un trío con ellas, pero no estaba dispuesta a prestar su cuerpo después de aquel engaño). Tras aquel día, Eva renunció a mantener ninguna clase de relación sentimental con nadie, a no ser que ella misma la buscase con algún motivo en especial. No permitía que la vida (y la sociedad) jugaran con ella, mucho menos se lo iba a poner a nadie en bandeja. A partir de entonces Eva movía inteligentemente todas sus fichas, a lo largo y ancho del tablero, sin contar en absoluto con ninguna clase de dados. Eva movía los hilos de todo lo que se le antojase.

